Revólver místico para renacer en la maternidad

Revólver místico para renacer en la maternidad

de Agustín Santoyo en el Centro Cultural “El Amate”
Entrevista

Agustín Santoyo nació en el municipio de Zacatepec, en Morelos. Vivió dos años en Puente de Ixtla (lugar de nacimiento de su madre) y después se mudaron a Jiutepec, en los tiempos en los que la Colonia Campestre crecía rápidamente. Sin embargo, Santoyo pudo jugar en una localidad habitada entre puras barrancas, “cuando las barrancas estaban limpias, cuando había campos de rosales y nos robábamos algunas, cuando nos subíamos a los árboles de guayabas a cortarlas, esa fue mi niñez, cazando iguanas, volando papalotes”. Según la temporada tenían ciertas actividades, como los tirafichas, trompos, picotazos o burro entamalado. Para Santoyo, “todos estos juegos populares que todavía me tocaron, que actualmente ya no se juegan tanto— y no lo veo tan lejano, tampoco—existe una brecha generacional. Digo que soy de la generación del 85, que fue la última en descubrir ese tipo de juegos”.

¿Cómo descubres tu inquietud por el grafiti?

El gusto lo vas adquiriendo, no naces con un gusto. Donde te vas desarrollando, vas adquiriendo ese placer. Al cambiarme de secundaria —en el turno vespertino— había chicos mayores que yo. La mayoría con bigote y barba, y para encajar en un grupo tuve que imitar. Empecé a “rayar” con ellos. Me gustó mucho el grafiti clandestino. Ya después, pedíamos bardas. Después, nos hicimos más bombers. Luego entré a una preparatoria con una carrera en diseño gráfico, con algunas materias de artes plásticas. Un profesor dio un taller de fotografía más experimental, y ofreció un taller de fotografía en donde él armó todo un laboratorio hechizo. Llevó su propia ampliadora. Mi primera Nikon, fue una FM10. Con ese gran gusto por la fotografía, simultáneamente, tomé un taller de oleo en el barrio. Al terminar la prepa quería estudiar en la UNAM, pero no Artes, sino Comunicación Visual. No me quedé, fui el primero en la lista de los “No Aceptados”. Me recomendaron asistir a clases, porque seguro alguien no se presentaba y me quedaba, pero no fui.

Decidiste quedarte a estudiar en Cuernavaca…

En eso abrieron la licenciatura en el Centro Morelense de las Artes (CMA) y entré. Aquí hubo un gran cambio en mi visión por el arte y por la estética. Venía de una formación educativa en donde siempre te decían que debías de hacer, y cuando llego a una escuela en donde me dicen: “haz lo que quieras”, te quedas paralizado. Creo que fuimos los conejillos de indias de la primera camada de la licenciatura de Artes Plásticas y Visuales. Teníamos clases muy experimentales: danza africana, clase de edición de video, clase de teatro, clases teóricas con filósofos. Nos marcó mucho a nuestra generación ese método de enseñanza, en particular, el del maestro Gustavo Pérez. Al enseñar de forma distinta, en mí despertó una cosa que no estaba viendo: el experimentar con cosas muy básicas —como con una bola estambre y masking tape—, trabajar la creatividad más que trabajar una técnica. Podías hacer con lo que tenías, no importaba el material. O trabajar con la naturaleza, ir a la montaña. En ese entonces no lo veía como un medio para crear algo. Darte cuenta de eso y trabajar de esa forma es increíble, porque otros compañeros vivían en una queja eterna de que eso no les serviría para nada. Al final es disfrutar, lo que estás haciendo en un momento determinado. Qué haces con tu presente y no qué haces con lo que te imaginas que podría ser. Actualmente trabajo de esa forma, trabajo con mi presente, con lo que tengo. No me estoy peleando con un ideal. Creo que debemos ser flexibles en la creatividad, en la creatividad no sólo de crear arte, también en la creatividad del vivir el día a día, eso me llevo del CMA.

¿Seguiste tu preparación en el CMA?

 Así es, una especialidad en Arte Contemporáneo y Crítica. Me sirvió bastante porque ya tenía un bagaje de la licenciatura. Tenía series de trabajo muchos más formales, me ayudó a argumentar más mi trabajo. La primera serie de trabajo que hice con el primer FOECA que me dieron, fue una serie de autorretratos. Era la primera vez que trabajé a partir de mí. Siempre trabajaba a partir de criticar la política, la publicidad, criticar no sé qué, de una manera muy superficial. No me gustaba, no acababa tan satisfecho del resultado. Cuando empecé a trabajar los autorretratos —derivado de una ruptura amorosa—  era ponerme en situaciones absurdas. Hacer metáforas de esa relación —como mi rostro saliendo de mi boca, otro yo sacando el corazón o ponerme a mí de manera frontal con el pecho abierto y un corazón partido— tal vez muy literal pero, también muy metafórico. Entrando al dolor, pero de una manera muy sarcástica, humorística y llena de color. Se expuso en la galería del CMA, “Bendita ave de mal agüero”, es una serie que gustó mucho.

A partir de esta exposición me invitaron a participar en otros proyectos. Me fui tres meses a Centroamérica. Viajé mucho y cambié mi chip, después de estar mucho tiempo en Cuernavaca. A mi regreso, recibo la invitación para participar en el libro “Monstruos” bajo el sello editorial La Cartonera —proyecto original de Cisco Jiménez— en el que invitó a 10 artistas a participar en la publicación. También trabajé la exposición “Potaje sicodélico con aderezo a la casa”, la primera parte la hice en Cuernavaca y la concluí en DF. La obra que tenía que ver con la ruptura de mis padres. El eje central de la exposición fue el comedor en donde comíamos,  la primera vez que utilizo muebles como soporte. Le hablé por teléfono a mi mamá para ver si todavía tenía la mesa y me dice: “No, la tiré justo ayer. Pero déjame preguntarles a los de la basura si me la pueden encontrar”, y sí, estaba en un basurero de Cuautla. La encontré con las patas y el centro de la mesa rotas. La restauré y la limpié, después me puse a recolectar sillas. Empecé a trabajar animales tótem que le asignaba a cada uno de los miembros de la familia. En la mesa iba mi madre, mi padre, mi hermano y yo, como nos sentábamos normalmente. En la silla, su animal tótem. Fue la primera exposición multidisciplinaria con dibujo, collage, pintura y objeto, y todos eran colocados a manera de árbol genealógico. En los muros, una mujer conejo que representaba a mi madre; un gallo, representando a mi hermano; yo, como hombre colibrí con corbata y saco; y hasta la punta, mi padre como un caballo bicéfalo, también con una pajarita, con moñitos. Siempre con esta particularidad muy irónica y muy colorida.

Procesos de creación íntimos…

Muchas veces la gente no identifica que existe detrás un dolor. Un duelo que estoy sufriendo, que lo paso al generar las piezas. Lo veo de una manera terapéutica, porque saco todo en eso. Pintar los muros es una manera de repetición de mantras y entrar y conectar con ese dolor y estarlo soltando a la vez.

¿Qué seguiste generando?

Me invitaron a participar en una galería en San Diego, luego trabajé con un escenógrafo. Hice también un mural que está en el antiguo bazar de El Túnel, que ya no está ubicado ahí, y simultáneamente estaba estudiando la especialidad. Me mudé al DF y empezaron a salir más proyectos, no discriminaba ninguno. Era como agarrar todo. De repente, no había tanta retribución económica pero era darme a conocer. Siempre que exponía vendía alguna pieza y eso me ayudaba. Moví el video de proceso de creación de “Potaje sicodélico”. Lo presenté a varias galerías y le interesó a una. La exposición se volvió más grande, de ahí generamos un video de mejor calidad. El video promocional fue llevar un sofá a Bellas Artes, tomarte fotos, para vender mejor el proyecto. Por ese entonces conozco al museógrafo del Museo de Sonora. Llegó a mi casa por puro accidente, no tenía dónde quedarse y le ofrecí mi casa sin saber que era museógrafo.Vio mi taller en mi casa, le interesó y quedó en proponerlo a su jefe. Pasó un año —se me había olvidado— me marcó por teléfono y me dijo que ya habían aceptado mi proyecto, en una sala gigante. Justo me tocó, en otra etapa difícil, al terminar con una pareja, estaba dejando el DF. Económicamente estaba muy mal y regresaba de viajar. En ese entonces, vivía con un amigo fotógrafo en el Centro, me prestaba su estudio. Empecé a recolectar obra en mi antigua casa, algunas cosas en Cuernavaca. El día del vuelo no tenía dinero para irme al aeropuerto, el transporte me cobraba 30 pesos y sólo tenía 5 pesos. Mi amigo acababa de pagar el alquiler y estaba igual. Llegó su novia y me prestó dinero y al llegar a Sonora empezó a cambiar todo. Todo muy bien puesto, todo lo que necesitaba estaba, lo que pidiera me lo daban. El mismo día que llegué empecé a fondear, el montaje lo recibió muy bien Sonora. Después conocí a una persona bastante excéntrica y me invitó a pintarle muros de tres de sus casas, un trabajo muy surreal. En una de las casas, en la sierra —me gusta contarlo porque aún lo recuerdo y se me sigue haciendo muy surreal— la señora llegaba en helicóptero.

¿Sigues viajando?

Sí. Regreso a México, y hago la mudanza a Cuernavaca, a una casa que tenían deshabitada mis padres. Me quedé cinco meses porque viajé a Barcelona. En esos cinco meses desarrollé otros proyectos como el libro Moyolnohnotsani: Hablar con el corazón, con poemas de Ana Velarde, Efraím Blanco, Alma Karla Sandoval, Margarita González, Nadia Altamirano, Victorino Torres Nava, Miriam Ponce, J.D. Victoria y Sergio Lara, con la selección poética de María Baranda e ilustraciones mías, editado en 2014 por el Fondo Editorial del Estado de Morelos, de la Secretaría de Cultura. Es un libro inspirado en un tarde de juego con niñas y niños de Cuentepec, en la Biblioteca Kampa Tlamachtiloyan, como un puente entre jóvenes poetas y la cultura náhuatl viva. Ese fue el primer contacto que tuve con la Secretaría de Cultura.

¿Qué nos podrías decir de esta, tu última serie?

“Revólver místico para renacer en la maternidad” es todo el proceso de mi esposa embarazada: dibujos en gran formato. El título es porque cuando nació mi hija, mi esposa estuvo de parto tres días con las contracciones. La estuve acompañando, fue parto en agua, parto humanizado. Cero intervenciones quirúrgicas, cero anestesias. Al tercer día, mi esposa estaba sosteniendo mucho y al final se entregó al dolor. El nacimiento fue una violencia bonita, porque para nacer algo tiene que morir algo, como la placenta. Violencia hermosa porque hay sangre, dolor, pero hay vida; muchos sentimientos encontrados. Con el nacimiento existe un antes y un después en mi vida. Veo la vida de otra forma, entiendes a todos tus antepasados. Todo el rencor se te va, y mi esposa me dijo que el nacimiento de nuestra hija es como si le hubieran puesto un revólver con la advertencia: “dispárate y así va a nacer tu hija”. Esta exposición en un espacio tan grande, es un recopilado del 2009 al 2016; las partes más representantes de “Bendita ave de mal agüero”; el collage de “Sueños húmedos de una bestia sagrada” que tiene que ver con el erotismo; “Potaje sicodélico” y terminamos con “Revólver místico para renacer en la maternidad”, que contiene diez altares y una maceta con el tótem prehispánico de mi hija. Ahí enterraremos la placenta de mi hija con un árbol de granada, que estoy trabajando con un artesano de Tlayacapan —Juan Cruz Tlacomulco—. También veremos otras series que tienen que ver con los viajes y otros momentos. La exposición estará compuesta de unas 350 piezas, entre formatos pequeños hasta formatos grandes, muebles, objetos y distintas técnicas.

¿Qué representa, para ti, esta exposición?

Muchas cosas: el haber reunido casi ocho años de carrera, y ver que todo lo que he hecho no ha sido en vano, mucha diversión, mucha vida y muchos procesos emocionales y espirituales. Esa peregrinación que he venido haciendo, que puedo verme con 22 años y hasta con 31 años como ahora. Ver a un Agustín Santoyo en la post adolescencia y a un Agustín Santoyo padre. Me dice un amigo de Barcelona que estoy viviendo un sueño, pero en realidad —no me he parado a asimilarlo— sólo estoy viviendo. También es el trabajo de mucha gente: desde mi mamá que me obligaba a ir a la escuela, hasta irme de viaje con mi pareja, o las

experiencias que viví con mi padre y mi hermano en la infancia; o, el haber hecho grafiti. Yantas experiencias y un agradecimiento a toda esta gente que ha pasado por esta peregrinación. Es importante reconocer a la gente que te ha ayuda constructivamente, hasta la gente que no te ha ayudado. Este tipo de montajes se vuelve una gran artesanía pintada por muchas personas.

La exposición “Revólver místico para renacer en la maternidad”, del artista morelense Agustín Santoyo, se inaugurará el sábado 3 de diciembre de 2016 y estará en exhibición hasta 19 de marzo de 2017 en el Centro Cultural “El Amate” ubicada dentro del Parque Barranca Chapultepec, en Cuernavaca. Para consultar más actividades en el marco de esta exposición consultar: agustinsantoyo.morelos.gob.mx.